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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Me "Des-Quito"


Cada mañana el pavo que grazna, gorgoja y grita, picotea mi ventana a las 6 y 20 de la mañana, con precisión. Sin embargo hoy no me ha quitado el sueño, lo llevo todavía puesto.

 
Vías tranquilas de mujeres constantes, con sus larguísimos cabellos de aguacate y agua de selva, tropicales sirenas con “guaguito” al ristre, siempre, estoicos semblantes de tagua tallados en brasas de sol.


Endulzando el día con guayusa, arroz a raudales y asado en domingo, paseos al río o a la cascada, morada de Arutam, dios de los dioses, naturalmente. Tantos Shuar que andan a mi lado mientras olvidan su raíz a cada paso, apenas se delatan ya por su mirar rasgado, quizás menos terso que sus lampiños brazos.

Para saber dónde está, no importa qué, cómo, dónde ni cuándo, contestan “p allá” con un gesto vago, mirando pasar mi reflejo de gringa, sabiendo que tenemos un dólar en mano, sin tener claro si en España  se habla, o no, el castellano.

Y en un baile armonioso que trazan los cuerpos, bailan y es terapia. Yo, que me muevo, parezco más bien… una guardada tilapia :P jejejej


Caen noche y lluvia parejas, en una tormenta de rayos de luna. Entiendo que los poetas la apoden lucero, tan clara la leo en el oscuro cielo.

Tan fácil sería que los patos encontraran el eco en mi hueca cabeza como yo el eureka, con la solución para un occidente humano. Nuestras manos tan vacías y tan solteras, de poder y comunidad, que guarda sin anillos un tesoro, en un humano apretón, caricia o bofetada. De todas ellas aprendemos un efímero contacto.

Sin tiempo para soluciones, una voz potente y masculina me retrae del maravilloso caos de raza y contradicciones, con un: “servidos señores!”. Todavía me despierto a tiempo, pero sin rimas que expresen el sentir de este periodo de mi vida pasado, para contemplar cómo se agranda en mis ojos  el aeropuerto de Guayaquil.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Pesadilla en Machalilla

  Apaguen sus luces, entreabran puertas chirriantes, enciendan lúgubres velas y prepárense a oír el escalofriante relato de la turista que se adentró en los albores del parque del terror. Una feroz tormenta rompe esta tarde sobre mi ventana,  inspirando mi testimonio...

  Era una noche lluviosa, los taxis se negaban a llevarme a mi destino, el autobús Reina del Camino con dirección a Puerto López. Se trata de un pueblito menos turístico que las playas de Esmeraldas pero con muchos atractivos, como el observatorio de ballenas (de julio a septiembre), la Isla de la Plata (hermana pequeña y barata de las Galápagos) o el parque nacional Machalilla y la conocida playa de los Frailes. Ya tenía que haber sospechado algo cuando el acompañante de la empresa de transportes llegó con su sonrisilla diabólica a poner la película de Chuck Norris, Delta Force... caí en su embrujo: Me dormí en menos de 10 minutos.

  Cuando desperté casi 11 horas después habíamos llegado a nuestra parada, casi como por encantamiento. Como Lorenzo todavía no había empezado su turno (eran las 5:30 a.m.) yo no iba a ser más que él, así que me dirigí a un puestecillo ambulante de café y bolones de verde (desayuno típico de la costa hecho a base de plátano y queso)para hacer tiempo. Allí compartí un ratito de tertulia con los clientes que desayunaban (eran todos taxistas para turistas) mientras dejaba que el dulcísimo café diera los buenos días a mis sentidos. Cuando desistieron de intentar llevarme aquí o al otro lado, o de buscarme alojamiento, me contaron los últimos chismorreos del pueblo, como si fuera casi una más de ellos.

  Antes de dirigirme al parque, por miedo a que estuviera cerrado, fui hasta el malecón, donde ya todos los barcos azules y rojos llegaban repletos de pescado, entre mareas de avizores ojos preparados ante cualquier despiste, bien planeando allá en el cielo, bien en forma de cuadrúpeda atención de pronto ladrido:


  Me encanta esta escena salina. Gente apurada en sus labores, descalzos porque el agua no está demasiado fría, transportando, clasificando, vendiendo o limpiando pescado. Los mosquitos estaban traviesos, menos mal que soy "la mano más veloz de occidente" y pude echarme crema antes de darles la oportunidad de degustarme demasiado. 

  Con el olor a mar entre fosa y fosa, encontré una cafetería muuuy requetesuperacogedoristicoespialidosa con Wifi, Etnias Café, regentada por una simpática pareja de franceses y una perrita llamada Inti ("Sol" en Quichua). Me llené la pancita. Después del desayuno y la charleta con otros dos o tres habitantes (uno hablaba de Sangre de Dragón casi obsesivamente :S ) ¡Ya estaba lista para irme al parque natural!

  Un bus me tiró, literalmente, en frente a la entrada. De no haber saltado a tiempo ya habríamos llegado al pueblo siguiente. Yo a todo esto seguía empeñada en obviar las pruebas de que no debía entrar ahí. Todo por el deseo inmeeeeenso de mojarme los pies en el Océano Pacífico.

He aquí mi cara de cansada felicidad e inocencia al llegar:


  El señor Pedro, guardabosques, me informó de que era la primera visitante del día y por ello me explicó con detenimiento lo que debía saber acerca del parque: antes había que pagar 12$ (ahora es gratis), normas, distancias y fauna: había muchas aves y reptiles (pero yo había leído que había monitos...). El hombre claramente pensaba en alto: "también hay culebras pero mejor no te lo digo, que si no no entras." Pero oh! Ya era demasiado tarde para la valiente Leti, no había llegado hasta allí para dar media vuelta.

Eché a andar resuelta teniendo en mente esta imagen, que vista en Internet me había animado a venir:


Sin embargo, lo que me encontré fue esto:


  Positivamente, como de costumbre, pensé: "Normal. Debe de ser ahora, al principio, seguro que según me acerque a la playa ha de estar más verde". ERROR. La cosa después de un quilómetro y medio pintaba de este pelo:


  No solo no había nadie, sino que tampoco se oia nada más que el crujir de las ramas de vez en cuando o el zumbido de algún insecto.  Había carteles que decían: "las flores amarillas de su derecha pertenecen al grupo blablabá... y son alimento para algunos animales de este bosque..." Pero allí miraba y no veia más que ramas grises, desoladas... estaba todo más que seco. Según pude averiguar más adelante el paisaje se debía al verano, ya que en la época de lluvias aquello se volvía una fiesta de verdor y vida....es decir, que llegué MAL, cuando estaban en modo ahorro de energía.

  Era un poco inquietante todo... sobre todo que cada treinta centímetros el camino estaba perforado por unos agujeritos sospechosos cuyos dueños preferí no conocer (no creo que fueran casas de topitos precisamente):


  Llegado un punto ya estaba concienciada de que aquello no iba a mejorar, y me sentía tan sola allí que empecé a pensar en pintarle una cara a un balón de fútbol y llamarle Wilson. Celebré cada una de las apariciones de las 17 lagartijas que vi, pero celebré un poco menos la culebra que me apareció por delante. No sé si se asustó más ella o yo.

  Tras constatar que lo más verde y vivo que iba a encontrar era....



.... un cactus, seguí caminando hasta que finalmente llegué a una playa con nombre prometedor: Tortuguita. Nada malo podía pasar en una playa con ese nombre. Pero ni estaba permitido bañarse allí por haber unas corrientes "pecadoras de la pradera" que te metían para dentro y "game over". Allí no había tortugas de ningún tamaño, ni peces, ni cangrejos si quiera. Eso sí, me encontré a un ser mitológico, con aspecto no muy saludable, al que decidí llamar: "Sirenejo".


Efectivamente, mitad sirena, mitad conejo. 

Proseguí mi ruta cuesta arriba, y, por fn, ¡ he aquí el gran descubrimiento! No sé si fue la pendiente o la maravillosa vista, pero me quedé sin aliento.



  Su pureza y sobriedad eran apabullantes, el color intenso aunque el cielo estuviera repleto de nubes. Para mí fue como contemplar una inmensidad maravillosa. Bajé casi corriendo la pendiente que me separaba de la playa limpísima, eché mis botas al hombro y me fui derechita al mar. ¡Qué sensación al mojar mis pies en las fresquitas aguas Pacífico! :) ¡Qué serena tranquilidad allí sentada escuchando el sonido de las olas y tratando de averiguar si es que la maera subía o bajaba!

 Cuando ya me estaba yendo, sin esperanzas de ver ninguna ballena desde aquel emplazamiento mío, oí a una chica correr y gritar algo así como "un bebé delfín...desorientado". Me acerqué y efectivamente y para mi sorpresa, una pequeño ser brillante, negrito, nadaba despacísimo. Me acerqué a tocarlo, y mansito, mansito, me lo permitió. Decir que fue emocionante es poco.

 El resto de la tarde transcurrió despacito, entre plátano, conversaciones con gente que había conocido a lo largo del día, helado de frutas, paseos y lecturas. Había hecho migas con los conductores de autobús, que me prometieron una buena película. Pero volvieron a poner Delta Force con el volumen igualmente bajo. Causó el mismo efecto que la primera vez. Roncaba antes de que le diera tiempo a Chuck Norris de pegarles a tres. El trayecto de vuelta supuestamente duraba 10 horas, por lo que me dejaría a las 8 a.m. en la capital...pero me desperté con el jaleo de la gente bajándose a las 5 a.m. Ya habíamos llegado?! Así es. Cómo!? Solo se me ocurre el teletransporte.

   Lógicamente, en la casa nadie me esperaba tan temprano y por seguridad las puertas estaban cerradas con llaves que yo no poseía. Pequeño imprevisto. Tras barajar el comodín de la llamada (gracias por el intento, Beto), las piedritas en la ventana, el trepar cual spiderwoman por el muro, el despertar a toda la casa... opté por quedarme leyendo un libro en las escaleras hasta que alguien que hiciera ruido  me mostrara que estaban despiertos y pudiera llamar al timbre. La idea habría sido buena de no ser por el fallo en la instalación: en cuanto me senté y abrí el libro se me apagaron las luces: era un sensor de movimiento. Con lo cansada que estaba, la idea de leer subiendo y bajando escaleras no me pareció la más atractiva, así que empecé a golpear la puerta despacito primero, luego más fuerte. Finalmente, mi salvador fue un querubín blanquísimo, rubísimo, de metro noventa. Pensé que bien podía ser un ángel, pero era el chico alemán que vive en la casa.

 Cuando entré en el cuarto, exhausta pero divertida, pensé que la merecida máxima de el día había sido: "nada es lo que parece".

Sonriente, ahora escribo: Tocar el Pacífico: Tercer deseo concedido.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Érase una vez una turista a una nariz pegada...

Buenas tardes mis pequeños saltamontes!

  Una semana hace ya que no relato mis aventuras, no os creais que ha sido por pereza sino que me la he pasado investigando. Sí, esta vez he tomado muy en serio la petición de describir los olores y fragancias del Ecuador. 

  Dado que el olfato es claramente mi sentido más flaco, me he visto envuelta en entrevistas con grandes personalidades del país y he viajado a algunos lugares recónditos; todo ello para alimentar mi entendimiento ;P Durante la semana me he dedicado a olisquear la ciudad cual perro sabueso y conjuntamente con mis fuentes informativas hemos extraído las siguientes conclusiones: 

  Las calles de Quito en horas punta huelen principalmente (inevitable mal de las capitales) a smog, contaminación, al que generosamente contribuyen mis adorados autobuses y demás carrocerías, pero también a deliciosos platanos a la brasa (llamados maduros), pinchos de carne y frutas de los puestecillos ambulantes que esperan en cada esquina y cerca de oficinas y colegios. Sin embargo, existe otro Quito, recién amanece, donde se puede apreciar el olor a rocío, a hierba húmeda y a panaderías terminando de preparar las hornadas, todo un contraste. 

  En mi narigudo afán me desplacé hasta el Mercado de Santa Clara donde encontré una especie de "objetos perdidos de los olores". ¡Todos estaban allí, escondidos de las calles! Aquello sí fue una explosión de frutas recién exprimidas, chocolate en grandes bloques listo para fundir, cilantro verdísimo, mimbre y barro, flores de todos los colores y tamaños con formas imposibles y fragancias mezcladas, encantadoramente sutiles, en contraste con la variedad de intensos olores provinientes de los puestos de comida recién hecha de allá al fondo, donde fritos y sopas eran los protagonistas del lugar, servidos por voces expertas que inquieren incansablemente a los visitantes con su "a la orden", al que nunca sé como contestar. 


(foto sacada de Internet)

  Me di cuenta que en los medios de transporte público también se confunden los olores: a bebé recién entalcado por inexpertas manos de jovencísima mamá, a fuertes perfumes masculinos y femeninos que despiertan curiosidades a su alrededor, a los trabajadores cuyo oficio se reconoce inmediatamente, aquí una cocinera, más allá un pescadero...

  Una vez que le dimos a la capital en las narices, me uní a un grumetillo llamado Benedict para seguir mi viaje en busca de las esencias de la naturaleza, esta vez en Mindo, un pueblecito que entraña una verdadera mini selva en sus alrededores, con variadas actividades que realizar: desde canopi (hacer el superman entre montañas), algo parecido a barranquismo, hasta un mariposario, pasando por rafting, una visita a una fábrica de chocolate o senderimo entre cascadas. Para el fin de esta investigación estas dos últimas fueron las elegidas.

 Para acceder a la ruta era necesario subirse a una especie de cajita con asientos, llamada Tarabita, que yo rebautizo como "Taradita", porque hace mucho ruido y es un poco locura si piensas en la fragilidad de su estructura. Intenté sacar un vídeo pero tengo que decir que entre mi "picassil"pulso y la falta de calidad, que impresiona mucho más en vivo y en directo: 


  La caminata  de más de 14- 15 km en total fue un poco cansada (acabé cascada...eeeey!! jajaj), sobre todo por la altura y por los constantes desniveles, y un poco lenta por la humedad que nos hacía resbalar, pero realmente mereció la pena. Vimos un total de 6 caídas de agua, disfrutamos del maravilloso paisaje y nos embriagamos con el olor a tierra mojada, a árboles y plantas gigaaantes y a agua limpísima chocando contra las rocas, redonditas y llenas de musgo. Esta fue la foto-finish:



  Que no os engañe el aire serio y jovial del chicarrón del norte, es todo un atleta del trópico, en cuanto me despistaba, ya lo había perdido de vista...qué zancadas! 

  Entre mis expectativas se encontraba ver algún animal típico de la zona, como un colibrí o un oso de anteojos, sin embargo solo nos encontramos con este peligroso ejemplar...


...una terrorífica vaca de selva. Salimos airosos, por suerte, ibamos subidos a una "chiva".


jajajaja que nooooo, que os lo habéis creido!! Una chiva aquí es como un microbus abierto con banquitos ;) 

 En fin, a lo nuestro. El día llegó a su dulce final, ya que decidimos visitar la fábrica orgánica y ecológica de chocolate, El Quetzal de Mindo, donde pudimos conocer toooodo el proceso de fabricación, desde la plantación de los ingredientes hasta el empaquetado. Fue un placer para los sentidos y nuestra guía, simpatiquísima (todos me preguntan de donde soy y me dicen que mi acento es más suave que el Español...). Pero lo mejor de todo fue catar el chocolate !!!! Larpeirismo 100% !!!



 El bus se encargó de traernos de vuelta, duchita y a dormir... a prepararse para la siguiente aventura. 

  Riiiiiiiiing!!!! Despertador a las 4.30 a.m. y en marcha! Arriba Carol! Arriba Hernán! A la Nariz del Diablo! Indiscutiblemente el mejor destino para seguir investigando acerca de los olores :)

  Tardamos nuestras casi 5 horas en llegar, primero de Quito hasta Riobamba, o también llamado Fríobamba (con toda la razón del mundo) donde solo una "aguita aromática de hierbaluisa" consiguió hacerme entrar en calor, y después de allí a Alausí en autobús. Algo curioso es que entre los 10 y los 0 minutos antes de que arranque el bus, se suben personas a vender DE TODO: helados, "cocadas esmeraldeñas" (láminas dulces de coco), panes, habitas fritas, chocolatinas...incluso gente canta canciones o toca peines con láminas de plástico.

  El pueblito resultó ser súper pintoresco y colorido, tanto en sus contrucciones como en las vestimentas de las mujeres, en su mayoría indígenas: fucsia, azul, verde intenso.... y todas con sombreritos que encuadran esos ojos rasgados y oscuros, de aparente melancolía pero que nada les cuesta reír. Tuvimos suerte de que fuera domingo y llegamos en plena hora de acudir al mercado:


  Esto contrasta fuertemente con sus afueras, bastante pobres, repleta de casas inacabadas y desnudas, puro ladrillo y cemento. Me sorprendió lo comprometidos que parecían tanto con su comunidad como con el medio ambiente, chapó! :)

  Subimos al tren "más díficil de construir del mundo", que incialmente conectaba la costa con la sierra oriental en un viaje de 14 días. En 12 km de recorrido bordeando la montaña murieron más de 2.500 trabajadores, por la precariedad de equipo y condiciones, y está repleto de esas leyendas y misterios que tanto me gustan...

  Fuimos hasta la estación Simbabe, todo el rato al borde de un precipicio que me dio muchiiiiiisimo vértigo. Los guiris (mira quién habla) se venían a ver de mi lado y yo intentaba perruadirlos a base de miradas fulminantes de que se sentaran en su lado del vago porque tenía miedo de volcar. Ahora sabréis por qué:



 Como veis, al fondo de vea un río de color dorado, amarillento, que debe su color al azufre...como buena cosa diabólica. Nos apeamos... y nunca pude adivinar lo que me esperaba!!!!

 

  Mi primera llama en carne y pelo!!! Lo primero que hice, obviamente, fue acercarme corriendo a decirle: Ola, k ase. Primer deseo cumplido, aunque no me contestara nada la muy animal. Después se nos ocurrió voltearnos y vimos esta maravilla, os presento la nariz del diablo: 




  Yo la veía de una manera (apuntado hacia arriba) pero el guía me dijo que era de otra completamente distinta... como dicen aquí, "ya me fregó" jejej Sigo diciendo que me gustaba más mi forma de verlo. Después nos ofrecieron un aperitivo ... que resultó convertirse en mi segundo deseo cumplido, probar los CHIMBOLITOS (en realidad, quimbolitos):


  Después de esto, ya se me instaló la sonrisa para el resto del día. Incluso tras las 5 horas del vuelta a casa, incluso con un acompañante pesadito, incluso con una peli de Jackie Chang súper previsible (en la cual, sin embargo, me acabé emocionando), con lluvia y un runrún de hambre.