lunes, 23 de septiembre de 2013

El mundo bipolar

Seamos hoy uuuuun poquito más androcéntricos si cabe, señores humanos, porque esta vez me encuentro, literalmente en los "medios del mundo". Veréis por qué.

Cuando me apeé del autobús (en el que ya aprendí a mantener el equilibrio!!Aunque me sienta un poco ridícula en mi postura surfera de seguridad...es mejor que ir haciendo placajes a mis pobres compañeros de viaje) y vi la pequeña forzaleza turística a la que me dirigía, una fuerza casi magnética me apremió a avanzar hacia la graaan construcción piramidal coronada por un globo terráqueo que marcaba el meridiano 0. Es un monumento...chuli, así, con su "ch".

 Esta es la foto-típica número 1 que todos vuestros amigos que hayan viajado el país os enseñarán, con una patita en el Norte y un pinrelillo en el Sur ;) jejej



   En ese momento me sentí un poco Superleti, estando en ambos hemisferios a la vez y pensando en todas las enfermedades a las que me había inmunizado antes de viajar, e intenté imaginar qué superpoderes serían los míos... en ello estaba cuando unos señores de Alemania me indicaron amablemente, por medio de un exquisito lenguaje no verbal, concretamente con nerviosas sonrisillas paliduchas pero muy educadas, que estaba ocupando "el espacio de las fotos"... así que terminada tanto mi reflexión (siquiera antes de empezar) como mi momento de gloria, resuelta y llena de energía, me aparté del apreciado territorio para visitar el resto de los mini-museos incluidos en el precio de la entrada! 

   He de decir que no fue la mejor idea. Yo, ardua defensora de la importancia del conocimiento, he sin embargo topado hoy mi tregua con la expresión: "La ignorancia da la felicidad". En mi defensa diré que también es de mi agrado la frase: "Toda regla tiene su excepción" y es en cuestión de insectos donde he encontrado la mía...



   Estos son solo una reducida, que no precisamente pequeña, muestra de los apacibles bichitos que pueblan El Ecuador. ¡¡¡¡Pero ved, mirad!!!! En esta última incluso se puede leer: "Tamaño NORMAL! NORMAL SIZE!" o_O ?! Whaaaaat! Pero qué carallo les dan de comer aquí a estos animales?!? De pronto ya no estoy tan convencida de mis prácticas a pie de selva, a mí solo me dieron un par de sprays anti-mosquitos de 120 ml. ... pero creo que necesito un bazooka de Cucal.

  Bueno, como ni siquiera eso me quita el hambre (creo despúes de todo que el apetito podría ser mi superpoder), tras una riquísima pausa para degustar un choclo (mazorca de maíz) con queso y unos panecillos de yuca con yogur de fresa, sentí que no quería pasar más tiempo en aquel colorido castillito internacional y me fui en busca de "la otra mitad del mundo"...chan chan chaaan!

  No os creais que fue un camino fácil, escapando de los "hombres cazaguiris", las indicaciones al tun-tún y los taxistas obscenos entre las nubes de polvo de las montañas que encierran el vallecito. Pensé divertida en el karma: "Esto me pasa por turista". Me sentí más tranquila al encontrar a una niña que volvía del colegio y decidí caminar junto a ella, ya que fue la única viandante que además parecía saber el camino. Durante el breve paseo a su lado utilicé todas las artimañas conversadoras de las que dispongo, pero ella me las desarmaba una tras otra con una sonrisa etrusca. Total, que no me dijo ni pío. Fue un duro golpe para mis cinco años aprendiendo "manganchas" psicológicas.

 En fin, tras el animadísimo monólogo tomé mi camino hacia la entrada de lo que decía ser "El museo solar Intiñán". Era aquel un sitio realmente pintoresco, lleno de totems, cactus y con aspecto de ruina maya, pero igualmente turístico que el anterior. He aquí, pues, la foto típica número 2 de todo aquel que haya caminado 300 metros más allá de la más famosa, pero falsa, mitad del mundo.


   Así es, amigos, esta es la verdadera latitud 0,00 de nuestro planetilla, calculada con G.P.S! :)  Visto que podía tachar "tocar el ombligo del mundo" de la lista que hacer antes de reencarnarme en panda rojo, sentí que había llegado el momento de volver a la capital.

   Ya durante la vuelta a casa, entre frenadita y traqueteo del bus en el que me encontraba, pensaba yo acerca de mi "norteñidad". En realidad, he pasado todo mi tiempo vital en este punto cardinal, subida a la N. Será que estamos demasiado arriba y por eso no alcanzamos a ver con claridad aspectos como la Naturalidad de las diferencias, el tiempo para Navegar en nuestra imaginación, las Necesidades REALMENTE importantes... por no hablar de lo poco que nos cuesta Negarnos todo el tiempo ante la propia vida. 
  
 Sin embargo, el Sur nos ofrece su mitad bajo una infinidad de enfoques diversos, matices, valores, costumbres y, madre mía, de oportunidades que no siempre estamos dispuestos a entender. Al darme cuenta de esto, el ideal libertario, el mismísimo concepto, se me acaba de volver borroso.

    Puede ser que el Nunca y el Siempre, el Sí y el NO, el Norte y el Sur nos lleven a creer en la existencia de una dicotomía insalvable, en un maniqueísmo cultural solo apaciguado por el conocimiento. Me pregunto si es necesario ostentar uno o el otro extremo, si no será posible una conjugación de las mitades, de mirar también al Este o al Oeste. Probablemente la solución no es tan sencilla como colocar mis pies a uno y otro lado de la línea amarilla, ya que en realidad ésta no es más real que mis superpoderes. Igualmente imaginarias, la amplitud de las fronteras son personales, sólo humanas.

  Pensando en todo ello llegué por fin a mi parada y apeándome del bus lleniiiiita de polvo hasta dentro de las orejas, me sonreí (no, señor, no era para usted la sonrisa, no me haga morritos) pensando, pensando, en lo genial que sería... perder un poco el Norte.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Las palabras que se lleve el viento



    Se pueden convertir en sutilezas enfáticos argumentos, crear equívocos e inventar expresiones de vodevil, lidiar con líricas aliteraciones y barrocos recursos retorcidos. Espiarlas en su simple desnudez o revestirlas de ironía, sátira, crítica, de aparente absurdo o de pretendida objetividad, la más embustera de todas sus posibles galas... Desde la calma, la pasión, el desahogo, o en cualquier proyección de esa razón que empuja nuestros dedos, se ennoblece la sangre y muda su piel en una bocanada de pura expresión azul.

Mil valen menos que una imagen, protesto. Téjelas, atrévelas y permite su derecho a ser imaginadas. Pues no sé tú, pero creo que la fuerza creativa del texto, en esa única combinación de espacios y grafemas, cambia destinos, convence, ayuda, instruye y despierta a la vida.

Por ello, quisiera pedirte permiso para pasear a través de las que elijas para describir tu mundo y encontrarte a medio camino entre una línea y su paralela, en lo que dices o callas en aquel párrafo de pronto ajeno pero incipientemente familiar. Así, el sano empeño en volverlo propio es convergencia y transformación a la vez, pues toda letra se debe a su interpretación y todo escritor a su última forma de percibir, el mismo ser. El gusto es tan solo un grado más de la riqueza de adjetivos, en fin, carece de importancia cuando lo que uno muestra es su más íntima melodía. En definitiva, pienso, a una espiral se resumen las historias, que fluyen para completarnos como seres humanos, sin punto final. Pues nadie es perfecto y todos lo somos, o no?

Este indeseable pequeño ensayo a la libertad de expresión, al aliento, es una petición que personalmente, anhelantemente, sinceramente espero, me acerque a ti. Convencida  que lo único que “le falta” a tus secretos trazos, es que son incompletos en tanto que permanezcan agazapados, pues tan solo forman parte de una realidad individual, incompatible con su fin último, la comunicación.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Anaka paco paco!!


Informe a navegantes: la siguiente entrada ha sido escrita bajo los efectos de una copiosa comida recomendada por la señorita Coppiano. Parte de la sangre que a duras penas me proporcionaba un mínimo raciocinio se encuentra en el estómago en una ardua tarea digestiva, con resultados desastrosos para mis procesos mentales.

Os presento al "locro con papas", que es una crema DE-LI-CIO-SA de patata, leche, queso y aguacate. Noos dejeis engañar, en la foto parece inocente, incluso fácil de comer...pura apariencia!! Exige una técnica depurada, casi nativa, como sucede con sus aliados destruye glamour el kebab en pan de pita, las mazorcas de maís y los crepes de chocolate (y su bigotillo traicionero). Resulta que cuando te llevas la cuchara a la boca se produce el efecto-pizza y el queso fundido forma hilillos que destuyen tu estilo casual-senruar de la pradera. Así y todo...no dejaría de comerla, merece la pena.

Allá a lo lejos se vislumbra un platito con Chulpi, que es grano de maíz tostado suuuper vicioso, que habitualmente se consume con limón y...Chochos! Sí, habéis leído bien ;) Pero no significa lo mismo que en la madre patria, queridos malpensadillos, así se les llama a los Altramuces pequeñitos!!

Otra cosa que probé hoy y que no me puede resultar más poético el nombre es la "Empanada de viento", que os contaré mi historia con ella y su moraleja:



Desoí la voz del camarero cuando la pedí diciendo: "señorita, que la empanada es grande" porque pensé: " y yo soy gallega, somos de buen diente, neniño ". Pero cuando me lo trajo y vi que sobresalía del plato por los dos lados y era tan alto como el volcán Pichincha me quise tirar por el balcón abajo, y quizás caer limpiamente en el patio estilo colonial que tan frecuentemente se encuentra en las galerías del centro quiteño, como este:



A continuación vino la fase de negación y pensé: "por favor,que sea en realidad rellena de viento", así que probé a pinchar con el tenedor y para mi alivio esto fue lo que pasó:



Finalmente, tras quedarme un rato hipnotizada llegué a la fase de aceptación. Entonces decidí enfrentarme a mi frito destino, y con toda la "mujería" (hombría no tengo) que pude reunir, agarré los cubiertos, la rocié con un poco del tradicional Ají (salsita comodín semi picante o picante con la que se acompañan los platos ecuatorianos y hace que sepan todavía, si cabe, mejor) y me puse a faenar... al final me comí tanto la deliciosa empanada rellena de queso como mi orgullo de larpeira.

He aquí mi aventura gastronómica de hoy que completo con dos frutas que nunca había probado, la Tuna y el .... mmmm... comodín de la llamada... Pitahaya. Pero eso os y mucho más lo contaré el próximo día!

PD: No podía publicar sin hablar de mi querida red de transportes, hoy como estrellas estelares de mi relato, la chica que iba estudiando alemán y el señor que me salvó de ser mutilada por las puertas letales cerrándose jejej

PD2: El título es cómo se pronuncia en japonés la voz infantil para "estoy llen@".

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ombligueando el mundo


He aquí mi primera entradita desde el medio del mundo. Llegué, que no es poco, tras más de 24 horas de viaje que se hicieron cortas, se podría decir que llegué volando ;) Salí del avión despacito, despacito para saborear cada paso.

Me fascina el saberme rodeada de volcanes, más de los que había conocido durante toooda mi vida. Me encanta formar parte de la dinámica de la ciudad de Quito, sus cuestas con casas de colores y gente con acento de panela; los supermercados donde sólo hay dos o tres frutas conocidas y el resto se antojan mágicos sabores por descubrir, los zumos de TODO; que al abrir los coches suene a silbido de piropo, las señoras arrugadiiiitas que esperan con sus cestos, oir por todas partes las expresiones que aprendí de "la Carol" y "el Beto", y entenderlas...

Me siento distinta, mi piel guerita, mis rasgos, mi estatura de mociña galega.. al fin y al cabo visto, hablo y hasta miro distinto. En el reflejo de un espejo o un escaparate en la calle me veo como un pegote que chof, rompe la armonía con el pelo azabache, taaaan hermoso. Visto así, por primera vez en la vida soy "La rubia".

Hasta ahora hago buenas migas con los 2.800 metros que me separan del nivel del mar! Pensé que no había sufrido ningún efecto de la falta de oxígeno hasta que intenté leer un cartel y tardé tres pasadas en entenderlo...

Y qué decir de los transportes? qué admiración! Las puertas abiertas, suben y bajan cuestas imposibles, colchonetas en la mitad del vagón, un conductor que dice "sálvese quien pueda por megafonía", los valientes que suben de un salto con el coche en marcha, o con tacones!, gente que entona canciones con radiocassettes a todo volumen, reggaeton de fondo y en el medio de una vorágine de brazos, mochilas y olores, un señor, impasible a los embates del conductor, rellena un crucigrama.

Por muy preparado que se venga, todo sorprende y es como si se fuera niño de nuevo. Por eso creo que son estas pequeñas sorpresas es donde uno aprende a sentirse vivo.

sábado, 25 de mayo de 2013

Soluciones al borde de un ataque de nervios





Las horas, su intangible pesadumbre,

su peso que no pesa, su vacío,
abigarrado horror, la sed que expío
frente al espejo y su glacial vislumbre,

mi ser, que multiplica en muchedumbre
y luego niega en un reflejo impío,
todo, se arrastra, inexorable río,
hacia la nada, sola incertidumbre.

Hacia mí mismo voy, hacia las mudas,
solitarias fronteras sin salida,
duras aguas, opacas y desnudas

horadan lentamente mi conciencia
y van abriendo en mí secreta herida,
que mana, sólo, estéril, impaciencia.

(Octavio Paz)

.........

Y así voy deslumbrando mis horas, en desencuentros continuos con la soledad.


jueves, 7 de marzo de 2013

* Tesoriños de Ultramar *



Puede que un tropiezo la hubiera llevado allí, o un niño deseoso de recreo en su camino al colegio, incluso puede que fuera depositada por un ave perezosa, o por un viento huracanado, pero es algo que nunca se podrá saber con certeza.


Aquella otra pisa papeles, ornamenta, ya utilitaria y sin especial quehacer más que dejarse contemplar por ojos que no se inquietan por orígenes ajenos, que nunca hacen preguntas, ni esperan, pacientes, respuesta.


La más roma viene del lago que imagino en el centro del parque, donde ahora patinan unos y otros cubiertos de lana y nieve. De haber esperado a primavera, anfibia habría surcado la verdosa superficie, dibujando ondas, para acabar como tantas otras, al fondo, a la sombra de los árboles, al latir de las estaciones, el ritmo de la vida.


Una última, vestida del color del barrio, que no le favorece, clama con cada arista orgullosa haber formado parte de algún gran proyecto arquitectónico, seguramente demasiado antiguo como para ser recordado, patente en algún registro empolvado. 


Y es ésta la que, orgullosa, puede que incluso rebelde, entreabre la cajita donde las guardo en la esquina de la mesa, como un tesoro de ultramar. ¿Mío? Custodia que no me pertenece, y por creerlo me convierte en un ser convencidamente soberbio, tremendamente ignorante, en fin, humano. Al fin y al cabo todo, ellos, el barrio, el parque, el archivo y mis letras desaparecerán antes que estas cuatro piedrecitas que hoy sostengo en mi mano.


Sin vuelven será conmigo, mientras tanto me valgo de su mudo testimonio, el recuerdo de las otredades, me aprovecho de su existencia para dar forma a mil historias que me ayudan a dormir. Espero que sean para mi el error constante, donde tantos hombres coinciden, y también las que sustenten mis pasos cubriéndolos de expectativa. Todo eso serán, mientras tanto.


Las piedrecitas que tú me has dado, repican en el cristal de mi ventana, que abriré sólo para que te quedes esta noche…


sábado, 29 de diciembre de 2012

Las vías, las vidas



De ninguna manera fue aquel gigante pulido el primer recuerdo de mi viaje. La inocencia de los nueve años esculpe recuerdos infinitamente más sencillos, concretándose en aquel jardín de variados colores que precedía a la magistral estación ferroviaria.
Inconsciente ángel de ojos grises, ajena tanto a mi destino como a las preocupaciones, presa la atención en un diente de león que no cedía a mis sofocados soplidos bajo el caluroso mes de julio. Mi insistencia fue suficiente para que mi madre, exasperada ya por mi entretenimiento, me apremiase para que entrara en el edificio. No había tiempo que perder.
Abrumada por la ciudad de extensiones a las que todavía hoy nunca estaré acostumbrada, aquel edificio de luminosas vidrieras y relojes infinitos era a mis ojos tan solo parte del teatral escenario de altos techos que nos rodeaba, al que por cierto no le prestaría atención hasta que la adolescencia impregnara mi infantil cuerpo con su caprichoso mudar. Por entonces el bullicioso ambiente, el gentío de escandalosa marcha y la megafonía carente de afinación fueron suficientes para hacerme caer en un estado de embriaguez precipitada y torpe que hallaría un abrupto final ante el andén tercero, donde la quietud de la imponente locomotora contrastaba con el baile enloquecido a su alrededor. Fulgurantes raíles, henchidos de óxido y orgullo eran el descanso de esa bestia metálica nacida de la destreza humana, expresión de su poder creador aunque terrenal.
“¡Deprisa! ¡Más deprisa! – sonaban los coros de voces familiares en torno a mí. “Se irán sin nosotras”. Aquella idea me hizo despertar de mi ensoñación, y recuerdo haber corrido lo más rápido que me permitía el peso del cuidadosamente empacado equipaje. La emoción me hizo ligera, saltando la distancia que me separaba del vagón y sorteando otros pasajeros que también trataban de hacerse paso hasta los asientos próximos a las ventanillas, todos querían participar del espectáculo de la borrosa versión del mundo que la velocidad dibuja en nuestros ojos, demasiado acostumbrados a la quietud de la vida. Finalmente, me acomodé junto a mi madre sintiéndome afortunada y segura, y todavía resollando acerqué mi nariz al cristal para disfrutar de la visión de los últimos preparativos: el hombre de grandes bigotes y sombrero carmesí, en frenético movimiento hasta que agitó su bandera y de su silbato emergió un agudo pitido. Un repentino y absoluto silencio de expectación se habían apoderado del compartimento. Recuerdo entonces el olor a nuevo de los asientos, de los zapatos infantiles y la experiencia misma de la primera vez en un viaje de semejante envergadura.
Una brusca sacudida y el férreo chirriar a continuación – “¡Nos estamos moviendo!”. Primero lento, ahora más deprisa, la ciudad desaparecía, y nosotros, mecidos en el seno de un confortable coloso desaparecíamos para la ciudad…

Tras el ajetreo previo, la máscara tensa que minutos antes ocupaba el rostro de mi madre se volvió calmo, coincidiendo con mi soporífera sensación de bienestar, quieta y sin embargo avanzando rápidamente en tiempo y espacio hacia uno de los momentos más importantes de mi vida: el inminente cambio de residencia y hogar.
Por todos sabido es que los niños difícilmente permanecen atentos a un mismo asunto, así los pasajeros del compartimento serían ahora la nueva razón de mi embelesamiento. Sus murmullos, demasiado tenues como para ser oídos, y sus figuras, contempladas a través de reflejos, no eran impedimento sino agasajo para mi poderosa imaginación de disparatados envites, que ya inventaba historias.
Las ensoñaciones tomaron un cariz de profundidad, la conciencia se tornó ligera ante el casi palpable cansancio, y mis manitas que caían ya a los lados de un cuerpo infantil, vestido de domingo. Sin embargo, la obstinación de no perderme ni un solo segundo de tan apasionante viaje superó en fortaleza al sopor, con lo que abiertos los ojos y la mente, me levanté decidida a sacar el máximo provecho del momento.

El traqueteo al que no estaba acostumbrada me hacía cosquillas por el cuerpo a través de los finos zapatos de verano, por lo que gorgojando, me fui a sentar al lado del pasajero más próximo, un hombre  de chaqueta verde tratando de leer el diario, atrapada la lengua en una de las comisuras de la boca. Permanecí a su lado durante unos minutos, hasta que mi cortesía impaciente se materializó en un ofrecimiento que consideré oportuno: “¿Necesita que lo ayude? – pregunté – En la escuela ya nos han enseñado a leer, ¿sabe usted?”. El hombre de poderosa concentración dio un respingo, volvió la lengua a su sitio y me miró de frente con los ojos muy abiertos. Posiblemente lo había asustado. Una voz quebrada bisbiseó una respuesta de melodía desconocida que se me antojó sin embargo hermosa, y entonces fui yo la que imité su anterior expresión. ¡Un extranjero! Lejos aquello de ser un impedimento, fue mi curiosidad la que continuó aquella entrevista de paradójico y elocuente mutismo. Educadamente obtuve réplicas a cada una de mis cuestiones, a cada una respondí con un asentimiento ceremonioso. Las apuntaba fantásticamente en el pergamino rosado de la palma de mi mano, grabándolas en mi memoria más inmediata, disfrutando de la exótica tonalidad enmarcada por sus labios. No recuerdo cómo me desprendí de aquel hechizo, aunque sí de tropezarme en el camino hacia el siguiente vagón con una ostentosa mujer de grandes adornos y ojos diminutos, escondidos entre rojísimas mejillas. Me observó de arriba abajo, y pude leer en sus ojos el veredicto de parco interés y escasa amenaza para sus sortijas que a partes iguales yo representaba, así que girando su oronda cabeza hacia la ventanilla y haciéndose a un lado con un teatral suspiro me dejó pasar.

Tras la puertecilla que separaba los compartimentos, una pareja de enamorados impregnaban con la dulzura de ella y la picaresca de él la estancia, y algún que otro intento de discreción que las caricias, sólo en apariencia delicada, consiguieron sofocar con su vehemencia. Una cómplice más de la incomodidad del resto de los pasajeros convertidos ahora en una mal disimulada audiencia, dueños de razones tan diversas como la desazón, el ansia de coherencia con un recuerdo quizás demasiado insolente, o un descaro de naturaleza nativa; que amainaba las quejas que se despertaban para morir endebles en un gesto desapercibido. 

Sea como fuere, sólo mi extrema inocencia encaminó mi tierno cuerpecillo hacia aquella tentación, un sonido chirriante que atribuí en un primer momento a la quejumbre de la máquina. Sin temor, ya que hasta el momento sólo conocía el indulgente regañar de mis mayores, y adoptando mi disfraz de exploradora consistente en calarme el gorrito de ganchillo hasta las orejas, me aproximé al origen de tan monótona canción. Un anciano aterrorizado, con los ojos no más cerrados que la boca, y ésta transformada en una hermética línea blanca, era el autor de aquel tarareo gutural; que se escapaba en todas direcciones y hacia el vacío desde unas fosas nasales a pleno rendimiento a punto de desbocarse. Indecisa entre pedir auxilio y darlo, adopté la responsabilidad de mi expedición, y me dispuse no muy delicadamente en el borde del asiento, junto a aquel cuerpo rezumante de miedo. Se encontraba éste tan concentrado en sus propias impresiones que las primeras palabras de consuelo que le dirigí quedaron enterradas por aquella tonada.
Entendí que en aquel momento las palabras debían ceder su importancia al gesto, el cual nutre el diálogo comunicando nada más que lo preciso, sin incertidumbres, como el arrullo que calma el bebé ansioso, el guiño cómplice o la mirada que silencia. El hombre se me antojó frágil, me sentía entre iguales,  inconsciente de nuestras varias vidas de diferencia con tan solo una licencia de ventaja: el tener las expectativas cansadas.
Mi ayuda llegó en forma de extremidad aterciopelada, posada grácil pero afectuosamente sobre aquella de lija que se cernía sobre la huesuda articulación. Aquel ínfimo contacto provoca que ya se aleje la tempestad de quejidos, ocupando su lugar un monzón salado, antecedente de calma. Tras un instante de necesario silencio para besar el aire, se confió a mí todavía con los ojos cerrados. Un viejo soldado, añejo para mis ojos colmados de juventud,  erosionado por un pasado nada placentero en las trincheras, que no obstante, allí confesaba, parecía preferir a la presente situación. Un transporte  manso al igual que mis intenciones lo llenaba de pavor, miedo enfundado en el desconocimiento feroz de las invenciones modernas; las mismas ante las que yo sólo experimentaba excitación y asombro curioso, y a las que ambos nos enfrentábamos juntos por primera vez.
Permanecí junto a mi antítesis en callada armonía durante dos paradas; a la tercera ya cabeceaba ente difusas supersticiones y la improbable ocurrencia de desgracia en compañía de un alma chica como la mía; o si es que era yo un ángel, sería ya demasiado tarde para preocuparse.  Finalmente, contagiada por aquella quietud que sólo emanan los ancianos sumado al susurro de otros pasajeros, mellizos en nuestro sopor, descansamos.

Recuerdo el delicado zarandeo de mis hombros, celosamente dulce, mi madre, a la que dediqué una sonrisa todavía aturdida, que debido al sueño más bien resultó una mueca traviesa, y tardé un par de minutos en advertir que la locomotora se había detenido. “Ya hemos llegado, cielo” – escuché sus palabras de ilusión corpórea. Elástico el salto a la posición erguida, pretendí despedirme de mi acompañante con una flamante mirada que no me devolvió, ya que estaba buscando afanosamente el bastón que eran sus ojos. Que si los pudiera abrir con toda seguridad serían verdes.
Descendimos del tren unidos por un lazo invisible de excitación. Los rencuentros que salpicaban el andén con su emoción, los extraños olores todavía innominados, aquella luz especial en un lugar que se antojaba repleto de oportunidades, y el abanico de pequeños detalles de aquel instante permanecen todavía genuinos en mi memoria. Y también cuando, descosiendo mis deditos de la falda de mi madre, di el primer paso.

Puede que ese primer viaje haya resultado de relativa, pero no trivial, importancia.
Humanidad de destinos dispares hacia el mismo trayecto, cadenciosa circulación sobre la vía hacia cualquier dirección apropiada, que no correcta, interrogante moral sin esclarecimiento posible; que finaliza en el eterno Morfeo. Y varios encuentros fugaces con emociones intensas y oscilantes del placer al dolor, así es la vida o así la experimentamos.
He advertido a cada pasajero en diferentes figuras y condiciones, ya que su permanencia universal designa a la humanidad y le otorga ese carácter repleto de emociones secundarias. Hoy, en mi nostalgia, me pregunto si aquellos transitaron senderos, caminos o calles... todos tan fugaces, tan queridos sobre la sombra del alma, mi pasado, a cada día más presente y pretérito.
Un asiento ocupado que tras este viaje quedará vacío para que otros pequeños continúen  mirando hacia próximas estaciones, para que otros adultos especulen sobre el peso de su balanza quizás ya oxidada por el tiempo, quizás, para los más irreflexivos, cubierta todavía con la esencia de la novedad. 

En cualquier caso, el deseo de que ambos trayectos se experimenten con idéntica felicidad es el que me lleva a escribir esta historia, impresión cicatrizada del pasado, salvoconducto de la retentiva, desde ahora y para siempre menos mía.


(Foto de la FEVE de Pablo Álvarez Soria)