jueves, 19 de septiembre de 2013

Anaka paco paco!!


Informe a navegantes: la siguiente entrada ha sido escrita bajo los efectos de una copiosa comida recomendada por la señorita Coppiano. Parte de la sangre que a duras penas me proporcionaba un mínimo raciocinio se encuentra en el estómago en una ardua tarea digestiva, con resultados desastrosos para mis procesos mentales.

Os presento al "locro con papas", que es una crema DE-LI-CIO-SA de patata, leche, queso y aguacate. Noos dejeis engañar, en la foto parece inocente, incluso fácil de comer...pura apariencia!! Exige una técnica depurada, casi nativa, como sucede con sus aliados destruye glamour el kebab en pan de pita, las mazorcas de maís y los crepes de chocolate (y su bigotillo traicionero). Resulta que cuando te llevas la cuchara a la boca se produce el efecto-pizza y el queso fundido forma hilillos que destuyen tu estilo casual-senruar de la pradera. Así y todo...no dejaría de comerla, merece la pena.

Allá a lo lejos se vislumbra un platito con Chulpi, que es grano de maíz tostado suuuper vicioso, que habitualmente se consume con limón y...Chochos! Sí, habéis leído bien ;) Pero no significa lo mismo que en la madre patria, queridos malpensadillos, así se les llama a los Altramuces pequeñitos!!

Otra cosa que probé hoy y que no me puede resultar más poético el nombre es la "Empanada de viento", que os contaré mi historia con ella y su moraleja:



Desoí la voz del camarero cuando la pedí diciendo: "señorita, que la empanada es grande" porque pensé: " y yo soy gallega, somos de buen diente, neniño ". Pero cuando me lo trajo y vi que sobresalía del plato por los dos lados y era tan alto como el volcán Pichincha me quise tirar por el balcón abajo, y quizás caer limpiamente en el patio estilo colonial que tan frecuentemente se encuentra en las galerías del centro quiteño, como este:



A continuación vino la fase de negación y pensé: "por favor,que sea en realidad rellena de viento", así que probé a pinchar con el tenedor y para mi alivio esto fue lo que pasó:



Finalmente, tras quedarme un rato hipnotizada llegué a la fase de aceptación. Entonces decidí enfrentarme a mi frito destino, y con toda la "mujería" (hombría no tengo) que pude reunir, agarré los cubiertos, la rocié con un poco del tradicional Ají (salsita comodín semi picante o picante con la que se acompañan los platos ecuatorianos y hace que sepan todavía, si cabe, mejor) y me puse a faenar... al final me comí tanto la deliciosa empanada rellena de queso como mi orgullo de larpeira.

He aquí mi aventura gastronómica de hoy que completo con dos frutas que nunca había probado, la Tuna y el .... mmmm... comodín de la llamada... Pitahaya. Pero eso os y mucho más lo contaré el próximo día!

PD: No podía publicar sin hablar de mi querida red de transportes, hoy como estrellas estelares de mi relato, la chica que iba estudiando alemán y el señor que me salvó de ser mutilada por las puertas letales cerrándose jejej

PD2: El título es cómo se pronuncia en japonés la voz infantil para "estoy llen@".

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ombligueando el mundo


He aquí mi primera entradita desde el medio del mundo. Llegué, que no es poco, tras más de 24 horas de viaje que se hicieron cortas, se podría decir que llegué volando ;) Salí del avión despacito, despacito para saborear cada paso.

Me fascina el saberme rodeada de volcanes, más de los que había conocido durante toooda mi vida. Me encanta formar parte de la dinámica de la ciudad de Quito, sus cuestas con casas de colores y gente con acento de panela; los supermercados donde sólo hay dos o tres frutas conocidas y el resto se antojan mágicos sabores por descubrir, los zumos de TODO; que al abrir los coches suene a silbido de piropo, las señoras arrugadiiiitas que esperan con sus cestos, oir por todas partes las expresiones que aprendí de "la Carol" y "el Beto", y entenderlas...

Me siento distinta, mi piel guerita, mis rasgos, mi estatura de mociña galega.. al fin y al cabo visto, hablo y hasta miro distinto. En el reflejo de un espejo o un escaparate en la calle me veo como un pegote que chof, rompe la armonía con el pelo azabache, taaaan hermoso. Visto así, por primera vez en la vida soy "La rubia".

Hasta ahora hago buenas migas con los 2.800 metros que me separan del nivel del mar! Pensé que no había sufrido ningún efecto de la falta de oxígeno hasta que intenté leer un cartel y tardé tres pasadas en entenderlo...

Y qué decir de los transportes? qué admiración! Las puertas abiertas, suben y bajan cuestas imposibles, colchonetas en la mitad del vagón, un conductor que dice "sálvese quien pueda por megafonía", los valientes que suben de un salto con el coche en marcha, o con tacones!, gente que entona canciones con radiocassettes a todo volumen, reggaeton de fondo y en el medio de una vorágine de brazos, mochilas y olores, un señor, impasible a los embates del conductor, rellena un crucigrama.

Por muy preparado que se venga, todo sorprende y es como si se fuera niño de nuevo. Por eso creo que son estas pequeñas sorpresas es donde uno aprende a sentirse vivo.

sábado, 25 de mayo de 2013

Soluciones al borde de un ataque de nervios





Las horas, su intangible pesadumbre,

su peso que no pesa, su vacío,
abigarrado horror, la sed que expío
frente al espejo y su glacial vislumbre,

mi ser, que multiplica en muchedumbre
y luego niega en un reflejo impío,
todo, se arrastra, inexorable río,
hacia la nada, sola incertidumbre.

Hacia mí mismo voy, hacia las mudas,
solitarias fronteras sin salida,
duras aguas, opacas y desnudas

horadan lentamente mi conciencia
y van abriendo en mí secreta herida,
que mana, sólo, estéril, impaciencia.

(Octavio Paz)

.........

Y así voy deslumbrando mis horas, en desencuentros continuos con la soledad.


jueves, 7 de marzo de 2013

* Tesoriños de Ultramar *



Puede que un tropiezo la hubiera llevado allí, o un niño deseoso de recreo en su camino al colegio, incluso puede que fuera depositada por un ave perezosa, o por un viento huracanado, pero es algo que nunca se podrá saber con certeza.


Aquella otra pisa papeles, ornamenta, ya utilitaria y sin especial quehacer más que dejarse contemplar por ojos que no se inquietan por orígenes ajenos, que nunca hacen preguntas, ni esperan, pacientes, respuesta.


La más roma viene del lago que imagino en el centro del parque, donde ahora patinan unos y otros cubiertos de lana y nieve. De haber esperado a primavera, anfibia habría surcado la verdosa superficie, dibujando ondas, para acabar como tantas otras, al fondo, a la sombra de los árboles, al latir de las estaciones, el ritmo de la vida.


Una última, vestida del color del barrio, que no le favorece, clama con cada arista orgullosa haber formado parte de algún gran proyecto arquitectónico, seguramente demasiado antiguo como para ser recordado, patente en algún registro empolvado. 


Y es ésta la que, orgullosa, puede que incluso rebelde, entreabre la cajita donde las guardo en la esquina de la mesa, como un tesoro de ultramar. ¿Mío? Custodia que no me pertenece, y por creerlo me convierte en un ser convencidamente soberbio, tremendamente ignorante, en fin, humano. Al fin y al cabo todo, ellos, el barrio, el parque, el archivo y mis letras desaparecerán antes que estas cuatro piedrecitas que hoy sostengo en mi mano.


Sin vuelven será conmigo, mientras tanto me valgo de su mudo testimonio, el recuerdo de las otredades, me aprovecho de su existencia para dar forma a mil historias que me ayudan a dormir. Espero que sean para mi el error constante, donde tantos hombres coinciden, y también las que sustenten mis pasos cubriéndolos de expectativa. Todo eso serán, mientras tanto.


Las piedrecitas que tú me has dado, repican en el cristal de mi ventana, que abriré sólo para que te quedes esta noche…


sábado, 29 de diciembre de 2012

Las vías, las vidas



De ninguna manera fue aquel gigante pulido el primer recuerdo de mi viaje. La inocencia de los nueve años esculpe recuerdos infinitamente más sencillos, concretándose en aquel jardín de variados colores que precedía a la magistral estación ferroviaria.
Inconsciente ángel de ojos grises, ajena tanto a mi destino como a las preocupaciones, presa la atención en un diente de león que no cedía a mis sofocados soplidos bajo el caluroso mes de julio. Mi insistencia fue suficiente para que mi madre, exasperada ya por mi entretenimiento, me apremiase para que entrara en el edificio. No había tiempo que perder.
Abrumada por la ciudad de extensiones a las que todavía hoy nunca estaré acostumbrada, aquel edificio de luminosas vidrieras y relojes infinitos era a mis ojos tan solo parte del teatral escenario de altos techos que nos rodeaba, al que por cierto no le prestaría atención hasta que la adolescencia impregnara mi infantil cuerpo con su caprichoso mudar. Por entonces el bullicioso ambiente, el gentío de escandalosa marcha y la megafonía carente de afinación fueron suficientes para hacerme caer en un estado de embriaguez precipitada y torpe que hallaría un abrupto final ante el andén tercero, donde la quietud de la imponente locomotora contrastaba con el baile enloquecido a su alrededor. Fulgurantes raíles, henchidos de óxido y orgullo eran el descanso de esa bestia metálica nacida de la destreza humana, expresión de su poder creador aunque terrenal.
“¡Deprisa! ¡Más deprisa! – sonaban los coros de voces familiares en torno a mí. “Se irán sin nosotras”. Aquella idea me hizo despertar de mi ensoñación, y recuerdo haber corrido lo más rápido que me permitía el peso del cuidadosamente empacado equipaje. La emoción me hizo ligera, saltando la distancia que me separaba del vagón y sorteando otros pasajeros que también trataban de hacerse paso hasta los asientos próximos a las ventanillas, todos querían participar del espectáculo de la borrosa versión del mundo que la velocidad dibuja en nuestros ojos, demasiado acostumbrados a la quietud de la vida. Finalmente, me acomodé junto a mi madre sintiéndome afortunada y segura, y todavía resollando acerqué mi nariz al cristal para disfrutar de la visión de los últimos preparativos: el hombre de grandes bigotes y sombrero carmesí, en frenético movimiento hasta que agitó su bandera y de su silbato emergió un agudo pitido. Un repentino y absoluto silencio de expectación se habían apoderado del compartimento. Recuerdo entonces el olor a nuevo de los asientos, de los zapatos infantiles y la experiencia misma de la primera vez en un viaje de semejante envergadura.
Una brusca sacudida y el férreo chirriar a continuación – “¡Nos estamos moviendo!”. Primero lento, ahora más deprisa, la ciudad desaparecía, y nosotros, mecidos en el seno de un confortable coloso desaparecíamos para la ciudad…

Tras el ajetreo previo, la máscara tensa que minutos antes ocupaba el rostro de mi madre se volvió calmo, coincidiendo con mi soporífera sensación de bienestar, quieta y sin embargo avanzando rápidamente en tiempo y espacio hacia uno de los momentos más importantes de mi vida: el inminente cambio de residencia y hogar.
Por todos sabido es que los niños difícilmente permanecen atentos a un mismo asunto, así los pasajeros del compartimento serían ahora la nueva razón de mi embelesamiento. Sus murmullos, demasiado tenues como para ser oídos, y sus figuras, contempladas a través de reflejos, no eran impedimento sino agasajo para mi poderosa imaginación de disparatados envites, que ya inventaba historias.
Las ensoñaciones tomaron un cariz de profundidad, la conciencia se tornó ligera ante el casi palpable cansancio, y mis manitas que caían ya a los lados de un cuerpo infantil, vestido de domingo. Sin embargo, la obstinación de no perderme ni un solo segundo de tan apasionante viaje superó en fortaleza al sopor, con lo que abiertos los ojos y la mente, me levanté decidida a sacar el máximo provecho del momento.

El traqueteo al que no estaba acostumbrada me hacía cosquillas por el cuerpo a través de los finos zapatos de verano, por lo que gorgojando, me fui a sentar al lado del pasajero más próximo, un hombre  de chaqueta verde tratando de leer el diario, atrapada la lengua en una de las comisuras de la boca. Permanecí a su lado durante unos minutos, hasta que mi cortesía impaciente se materializó en un ofrecimiento que consideré oportuno: “¿Necesita que lo ayude? – pregunté – En la escuela ya nos han enseñado a leer, ¿sabe usted?”. El hombre de poderosa concentración dio un respingo, volvió la lengua a su sitio y me miró de frente con los ojos muy abiertos. Posiblemente lo había asustado. Una voz quebrada bisbiseó una respuesta de melodía desconocida que se me antojó sin embargo hermosa, y entonces fui yo la que imité su anterior expresión. ¡Un extranjero! Lejos aquello de ser un impedimento, fue mi curiosidad la que continuó aquella entrevista de paradójico y elocuente mutismo. Educadamente obtuve réplicas a cada una de mis cuestiones, a cada una respondí con un asentimiento ceremonioso. Las apuntaba fantásticamente en el pergamino rosado de la palma de mi mano, grabándolas en mi memoria más inmediata, disfrutando de la exótica tonalidad enmarcada por sus labios. No recuerdo cómo me desprendí de aquel hechizo, aunque sí de tropezarme en el camino hacia el siguiente vagón con una ostentosa mujer de grandes adornos y ojos diminutos, escondidos entre rojísimas mejillas. Me observó de arriba abajo, y pude leer en sus ojos el veredicto de parco interés y escasa amenaza para sus sortijas que a partes iguales yo representaba, así que girando su oronda cabeza hacia la ventanilla y haciéndose a un lado con un teatral suspiro me dejó pasar.

Tras la puertecilla que separaba los compartimentos, una pareja de enamorados impregnaban con la dulzura de ella y la picaresca de él la estancia, y algún que otro intento de discreción que las caricias, sólo en apariencia delicada, consiguieron sofocar con su vehemencia. Una cómplice más de la incomodidad del resto de los pasajeros convertidos ahora en una mal disimulada audiencia, dueños de razones tan diversas como la desazón, el ansia de coherencia con un recuerdo quizás demasiado insolente, o un descaro de naturaleza nativa; que amainaba las quejas que se despertaban para morir endebles en un gesto desapercibido. 

Sea como fuere, sólo mi extrema inocencia encaminó mi tierno cuerpecillo hacia aquella tentación, un sonido chirriante que atribuí en un primer momento a la quejumbre de la máquina. Sin temor, ya que hasta el momento sólo conocía el indulgente regañar de mis mayores, y adoptando mi disfraz de exploradora consistente en calarme el gorrito de ganchillo hasta las orejas, me aproximé al origen de tan monótona canción. Un anciano aterrorizado, con los ojos no más cerrados que la boca, y ésta transformada en una hermética línea blanca, era el autor de aquel tarareo gutural; que se escapaba en todas direcciones y hacia el vacío desde unas fosas nasales a pleno rendimiento a punto de desbocarse. Indecisa entre pedir auxilio y darlo, adopté la responsabilidad de mi expedición, y me dispuse no muy delicadamente en el borde del asiento, junto a aquel cuerpo rezumante de miedo. Se encontraba éste tan concentrado en sus propias impresiones que las primeras palabras de consuelo que le dirigí quedaron enterradas por aquella tonada.
Entendí que en aquel momento las palabras debían ceder su importancia al gesto, el cual nutre el diálogo comunicando nada más que lo preciso, sin incertidumbres, como el arrullo que calma el bebé ansioso, el guiño cómplice o la mirada que silencia. El hombre se me antojó frágil, me sentía entre iguales,  inconsciente de nuestras varias vidas de diferencia con tan solo una licencia de ventaja: el tener las expectativas cansadas.
Mi ayuda llegó en forma de extremidad aterciopelada, posada grácil pero afectuosamente sobre aquella de lija que se cernía sobre la huesuda articulación. Aquel ínfimo contacto provoca que ya se aleje la tempestad de quejidos, ocupando su lugar un monzón salado, antecedente de calma. Tras un instante de necesario silencio para besar el aire, se confió a mí todavía con los ojos cerrados. Un viejo soldado, añejo para mis ojos colmados de juventud,  erosionado por un pasado nada placentero en las trincheras, que no obstante, allí confesaba, parecía preferir a la presente situación. Un transporte  manso al igual que mis intenciones lo llenaba de pavor, miedo enfundado en el desconocimiento feroz de las invenciones modernas; las mismas ante las que yo sólo experimentaba excitación y asombro curioso, y a las que ambos nos enfrentábamos juntos por primera vez.
Permanecí junto a mi antítesis en callada armonía durante dos paradas; a la tercera ya cabeceaba ente difusas supersticiones y la improbable ocurrencia de desgracia en compañía de un alma chica como la mía; o si es que era yo un ángel, sería ya demasiado tarde para preocuparse.  Finalmente, contagiada por aquella quietud que sólo emanan los ancianos sumado al susurro de otros pasajeros, mellizos en nuestro sopor, descansamos.

Recuerdo el delicado zarandeo de mis hombros, celosamente dulce, mi madre, a la que dediqué una sonrisa todavía aturdida, que debido al sueño más bien resultó una mueca traviesa, y tardé un par de minutos en advertir que la locomotora se había detenido. “Ya hemos llegado, cielo” – escuché sus palabras de ilusión corpórea. Elástico el salto a la posición erguida, pretendí despedirme de mi acompañante con una flamante mirada que no me devolvió, ya que estaba buscando afanosamente el bastón que eran sus ojos. Que si los pudiera abrir con toda seguridad serían verdes.
Descendimos del tren unidos por un lazo invisible de excitación. Los rencuentros que salpicaban el andén con su emoción, los extraños olores todavía innominados, aquella luz especial en un lugar que se antojaba repleto de oportunidades, y el abanico de pequeños detalles de aquel instante permanecen todavía genuinos en mi memoria. Y también cuando, descosiendo mis deditos de la falda de mi madre, di el primer paso.

Puede que ese primer viaje haya resultado de relativa, pero no trivial, importancia.
Humanidad de destinos dispares hacia el mismo trayecto, cadenciosa circulación sobre la vía hacia cualquier dirección apropiada, que no correcta, interrogante moral sin esclarecimiento posible; que finaliza en el eterno Morfeo. Y varios encuentros fugaces con emociones intensas y oscilantes del placer al dolor, así es la vida o así la experimentamos.
He advertido a cada pasajero en diferentes figuras y condiciones, ya que su permanencia universal designa a la humanidad y le otorga ese carácter repleto de emociones secundarias. Hoy, en mi nostalgia, me pregunto si aquellos transitaron senderos, caminos o calles... todos tan fugaces, tan queridos sobre la sombra del alma, mi pasado, a cada día más presente y pretérito.
Un asiento ocupado que tras este viaje quedará vacío para que otros pequeños continúen  mirando hacia próximas estaciones, para que otros adultos especulen sobre el peso de su balanza quizás ya oxidada por el tiempo, quizás, para los más irreflexivos, cubierta todavía con la esencia de la novedad. 

En cualquier caso, el deseo de que ambos trayectos se experimenten con idéntica felicidad es el que me lleva a escribir esta historia, impresión cicatrizada del pasado, salvoconducto de la retentiva, desde ahora y para siempre menos mía.


(Foto de la FEVE de Pablo Álvarez Soria)

martes, 9 de octubre de 2012

Té...lo digo


"El ritual del té, esta repetición precisa de los mismos gestos y de la misma degustación, este acceso a sensaciones sencillas, auténticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un aristócrata del gusto, porque el té es la bebida de los ricos como de los pobres, el ritual del té, pues, tiene la extraordinaria virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armonía serena. Sí, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de té. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de otoño y levantan el vuelo, el gato duerme, bañado en una cálida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo se sublima."


(Muriel Barbery. La elegancia del erizo)


Nada más que añadir.



lunes, 9 de julio de 2012

Lluvia de verano

Querido señor del tiempo:


Creo que hablo en nombre de todos cuando digo: ¡Basta ya con este clima de perros!
No quisiera importunarlo, y me gustaría pensar que no hay mala fe en todo esto y que posiblemente haya sido debido a un despiste, pero si se le ocurre echarle un vistazo al calendario, muy señor mío, estamos en pleno Julio y continúa lloviendo.

La gente espera del verano largas noches cálidas y estrelladas, días de playa o campo y picnics familiares, con sabor a tortilla con pimientos y filete empanado. También hay adolescentes sin amores de verano, plantas sin fruto, pulgas sin perros y niños sin "baticaos". 

Además, el no saber qué esperar es causa clara de malestar para los adultos, por su ya conocido afán de control. ¿Cómo replantearse las vacaciones a estas alturas, dígame usted? ¿Dónde están los interminables atascos para salir de la ciudad y las colas de los chiringuitos?¿Cómo consolar a todos aquellos que llevan medio año a dieta con la operación bikini?¿Cómo elegir la canción del verano?¿ Cómo hacerle frente a un Septiembre sin síndrome post-vacacional?Incluso se rumorea que los Gremlins han comenzado a emigrar a climas más cálidos, hartos de sus continuos cambios de humor. Simplemente no hay derecho.

Desde aquí abajo ya hemos hecho todo lo posible por vernos las caras con Lorenzo, desde sacar del fondo del armario el bañador y las camisas horteras hasta saltar la hoguera de San Juan, pasando por subirle la voz al televisor cuando en las noticias hablan de calentamiento global... pero no hay manera.

Dígale a los indios que dejen de invocar la danza de la lluvia y mande a las nubes que se vayan con viento fresco, y déjenos por fin disfrutar de este merecido verano, para que nos podamos sentir un poco menos atormentados con la crisis.

Muchas gracias.